Entrevista / Manuel Felguérez / Contrapesos en tensión

AutorSilvia Cherem S.

Al perder a su padre a los 8 años, Manuel Felguérez escuchó de su madre una advertencia: "Jamás regreses a Valparaíso, nos matarán a todos". De su origen zacatecano y su abolengo sólo quedaban migajas, enemigos e incertidumbre, y lejos estaba de imaginar que más de seis décadas después regresaría, para ser homenajeado como hijo pródigo del pueblo.

Felguérez (Zacatecas, 1928), a cuyo nombre y legado está dedicado el Museo de Arte Abstracto del Estado de Zacatecas, comenzó a descollar desde los años 50 no por su parecido con el famoso "rebelde" James Dean, sino por su pintura abstracta, su oposición contra la hegemonía de la Escuela Mexicana de Pintura y sus murales estridentes que inauguraba con happenings de Alejandro Jodorowsky generando tumultos y jaleos. Sin embargo, a diferencia de algunos de sus pares, que construyeron una leyenda con escándalos, a él ni la fama ni los reflectores lo doblegaron a exhibir su intimidad.

Con 75 años, mismos que cumplió este pasado 12 de diciembre, Felguérez, quien fuma pipa con tabaco de habano, aunque la ronquera crónica amenace con apagar definitivamente su voz, aceptó someterse a la "tortura de la confesión". En su casa en Olivar de los Padres, donde vive desde hace 28 años con su tercera esposa, Mercedes Oteyza, casada antes con Juan García Ponce, conversamos de sol a sol, sólo haciendo una pausa para un caldito y los reglamentarios dos tequilas del mediodía y los dos whiskys de la noche.

Del rancho a la farándula

- Poco se sabe de tu infancia de San Agustín del Vergel, cuando vivías entre dos cascos de viejas haciendas.

Mi padre era hacendado, nieto, bisnieto y tataranieto de terratenientes, pero como los hacendados tenían mala fama, no sé si mi padre fue o no un hombre bueno. Fui el primogénito y me crié con los hijos de los peones; con ellos jugaba y dizque estudiaba, porque como era "hijo del patrón" el maestro se intimidaba. Ordeñaba vacas, montaba mi enorme caballo negro y jugaba en el río en un tronco que me vaciaron para poder remar.

- Cuando tú naciste, en 1928, Zacatecas había sido escenario de la Guerra Cristera.

De ella no recuerdo nada, lo que no puedo olvidar son los estragos del agrarismo. La lucha armada dejó de ser en defensa de Dios, para convertirse en defensa de la hacienda. Cuando se acercaban los agraristas, los guardias tocaban las cornetas para dar tiempo a mi madre de poner colchones para protegernos de las balaceras. Los decretos de expropiación no cesaban y nos fueron despojando de muchas tierras.

A principios de 1935, toda la familia nos venimos a México porque mi padre tenía la esperanza de que el Gobierno le diera cuando menos bonos de indemnización por las tierras expropiadas, pero casi al año murió repentinamente.

Nunca supe de qué, tenía yo 8 años. Un primo me preguntó si no iba a asistir al entierro de mi padre, y así supe que había muerto. Mi madre jamás quiso regresar a la hacienda, creía que nos matarían. Prefirió quedarse en el D.F., cerca de sus padres.

- La familia materna era dueña del Teatro Ideal, en la calle Dolores, y seguramente el cambio de vida, del rancho a la farándula, fue determinante en tu formación.

Totalmente. Mientras mi abuela hacía cuentas, nosotros entrábamos y salíamos de los camerinos o veíamos las obras. Así pasamos como cinco años, hasta que el teatro se perdió por deudas. Mi madre era una mujer muy atenta, nunca faltaba el desayuno o la ropa limpia, pero no sabía cómo educarnos. Para mantenernos, compró una tienda de abarrotes, La Conquista, frente a la casa; en la trastienda vendíamos cerveza y se llenaba de borrachines. Acabó quebrando antes de dos años.

Mi educación la recibí de los hermanos maristas del Colegio México y de los scouts, pero en esos años también me escapaba con las pandillas del barrio. El Olivo Orozco, hijo de un policía y de la juez del tribunal de menores, nos inducía a robar ejércitos completos de soldaditos de El Palacio de Hierro. Una vez nos agarraron, pero El Olivo le pidió a su mamá que nos liberara. Con él empecé a tomar, bebíamos anís. Me encantaban también el box y la lucha libre y no me perdía ni una sola función en la Arena México. Al Murciélago Velázquez le conseguía los murciélagos que soltaba cuando abría su capa. Era ese mi mundo oscuro.

- Para contrastarlo eras un aplicado "niño scout".

Finalmente fue ese el mundo que ganó, estuve en los scouts de los 8 a los 23 años. Mi mejor amigo de los scouts era Jorge Ibargüengoitia. Nos recomendábamos libros, a mí me fascinaba Dostoievsky; a él, Chesterton. Subíamos el Iztaccíhuatl con la ilusión de llegar a la cima para prepararnos daiquirís con el hielo, y durante toda la adolescencia, organizamos caminatas de 15 ó 20 días con nuestras patrullas.

El nacimiento de una vocación

- Con Ibargüengoitia fuiste en 1947 a Francia, a un jamboree de los scouts, háblame de los detalles del viaje en una Europa devastada.

La guerra había interrumpido los jamborees y para reanudarlos, los jefes escogieron a los mejores 50 scouts para representar a México. Entrenamos durante un año, y cuando ya se acercaba la partida nos dijeron que el viaje costaría 5 mil pesos. Ni Jorge ni yo, huérfanos de padre, podíamos pagarlos. Descubrimos unos barcos, de aquellos que en tiempos de guerra sirvieron para transportar militares, que por un pasaje de 140 dólares partían de Nueva York rumbo a Europa. Decidimos ir por nuestra cuenta. Se corrió la voz y, poco a poco, ya éramos 30.

Los jefes scouts, furiosos, acabaron expulsándonos a Jorge y a mí de los scouts. Aún así, partimos. De aventones recorrimos Italia, Suiza, Francia e Inglaterra, alojándonos en las casas de los amigos scouts. Viajábamos en ferrocarriles de carga atiborrados de gente y recuerdo a Jorge gritando: "tutto completo, tutto completo" para evitar que nadie más se subiera. En aquella Europa, sembrada de tumbas, sólo los museos eran gratis y me fascinaron.

- Y al final del viaje, en Londres, decides convertirte en pintor.

Sentado en la quilla del barco Discovery, con el que Falcon Scott descubrió el Polo Sur, me conmovió el atardecer sobre el Puente de Londres, busqué papel y lápiz, y en el dorso de una propaganda de American Express pinté el Támesis. Le dije a Jorge: "mira, ya soy artista". El soltó la carcajada, pero años después, escribió que ese día presenció el nacimiento de una vocación.

- Tu madre quería que fueras médico.

Cuando le dije que sería pintor creyó que encontraba un término medio entre la medicina y las artes plásticas, sugiriéndome que estudiara cirugía plástica. Nunca entré a medicina, me inscribí en San Carlos, pero sólo aguanté cuatro meses. Yo venía de visitar la Capilla Sixtina, y me desesperé de pintar jarritos y del camino único de la Escuela Mexicana de Pintura. Mi amigo Jorge Wilmot y yo decidimos que nuestro futuro estaba en Europa.

- No tenías ni un quinto, ¿cómo planeabas regresar a Europa?

A Jorge se le ocurrió una gran idea: "Tú sabes de campo y yo de arqueología, busquemos ídolos". Caminamos de Xalapa hacia el mar por vereditas en la Huasteca, preguntando por figurillas de choza en choza. No existía ninguna conciencia de que eso era patrimonio nacional. Las pocas piezas que trajimos siempre tenían un pero: "si hubiera tenido la quijada más grande... el penacho más notable", se quejaban Diego Rivera y Germaine Wenziner, una arqueóloga belga, prima del director de arqueología del Museo de Bruselas, compradores...

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